Hoy, luego de la revisión final de los escrutinios por parte de la Registraduría Nacional del Estado Civil y de los jueces encargados de tan importante misión, y una vez entregada la “verdad” tras el velo de las falacias, sabremos que a más de la mitad de un país que conservaba la esperanza de seguir mejorando se le ha impuesto una marioneta que, a mi juicio, solo responde al movimiento de los dedos del presidente estadounidense Donald Trump y a la agenda impulsada por Benjamin Netanyahu.
Un showman corrupto que viene de una cuna de mafias; el *aboganster*, como le llaman. El tigre extranjero en tierra de jaguares. Porque es tan ajeno a lo nuestro que basta con observar su pulcra campaña, llena de inteligencia artificial, ataques cibernéticos y montajes cuidadosamente diseñados. Ni siquiera eso bastó para ocultar sus desaciertos en entrevistas, dejando ver parte de su rostro real y no el personaje construido con el que casi la mitad del país parece sentirse identificado.
O, lo que tal vez me produce más miedo y escozor, es pensar que realmente se sienten identificados con esos valores y pilares morales: los de la falta de ética a costa del dinero; los del tipo machista que exhibe a su hija y a sus amigas bailando en un *stream*; o que obliga a una periodista a mirarle el miembro durante una entrevista; los del hombre que dice estar casado, pero asegura que “un gran culo lo saca y lo distrae”. Nos pusimos un velo frente a lo que siempre estuvo ahí. Como pueblo pasional, nos pusieron luces, maquillaje y música… y cedimos.
¿Desde cuándo la política dejó de ser un asunto serio para convertirse en un *reality show*? Cada nueva temporada aparecen personajes atípicos que irrumpen con la promesa de ser “los que nunca”, pero terminan pareciéndose demasiado a “los de siempre”.
El verdadero problema de una dinámica discursiva como la planteada por quien fue candidato y será el próximo ocupante de la Casa de Nariño es que impulsa a otros a creerse con ínfulas de dictador, señalando con el dedo y diciendo: “ellos votaron por el contrario, por eso son el enemigo”. Las alarmas deben encenderse.
Frente a este tipo de discursos, pues pueden minar la democracia que, aunque ha sido manoseada y manipulada mediante estrategias de marketing y algoritmos de persuasión, sigue siendo democracia.
La invitación es a convertirnos en veedores y protagonistas de una oposición inteligente; una oposición que actúe desde la democracia, sin dejarse arrastrar por la misma pasión que llevó a la otra mitad del país a votar —desde esta perspectiva— por un proyecto de mano “dura”, sin advertir que, poco a poco y por piezas, podría entregar a la Casa Blanca e Israel el país y sus recursos.
Es precisamente allí donde debemos mantenernos más firmes que nunca: denunciar cuando sea necesario y defender la integridad de nuestra Constitución. En nuestra postura no pueden seguir acumulándose más muertos ni más ojos perdidos; pero, sobre todo, no podemos guardar silencio, aunque las amenazas no tarden en llegar.
Es fácil decirlo desde la ciudad, donde las dinámicas de violencia operan de manera distinta. Sin embargo, como colombianos debemos velar por la vida y la integridad de cada defensor de derechos humanos, de quienes protegen el territorio y de quienes impulsan ejercicios de organización y empoderamiento popular. En ellos recae gran parte del peso de las luchas directas; la resistencia no está únicamente en los discursos, sino en cada uno de los territorios donde estas personas sostienen, día a día, la defensa de la vida y de la democracia.
También cabe agregar que debemos estar más unidos que nunca de cara a las próximas elecciones locales. Allí tendremos la oportunidad de fortalecer y blindar nuestros territorios y ciudades, consolidando liderazgos que sirvan de contrapeso institucional frente a un gobierno de extremos
Columna de Opinión por Norman Bernal de Memoria Colectiva